Presentación
REFLEXIONES
SOBRE UNA GESTION
Una reflexión
acerca de los resultados alcanzados a lo largo de cuatro años de trabajo al
frente de la Defensoría de los Habitantes debe necesariamente incorporar una
referencia a los compromisos adquiridos, al trabajo realizado y a los principios
que inspiraron cada una de las acciones realizadas. Se trata de un esfuerzo por rendir cuentas y
someter esta gestión al escrutinio de la Asamblea Legislativa y de los
habitantes en general. Se
trata de demostrar que la transparencia es la mejor aliada para el ejercicio
responsable de una magistratura de influencia como la que la ley le asigna a la
Defensoría de los Habitantes.
Estamos convencidos de que el
camino recorrido forma parte de la evolución lógica de una institución que
desde su creación ha sabido mantenerse en relación constante con su entorno,
lo cual le ha permitido adaptar su trabajo a las necesidades particulares del
contexto económico, social y político del país.
Hace cuatro años con ocasión de la presentación del primer Informe de
Labores a la Asamblea Legislativa dijimos lo siguiente:
“Con el desafío de lograr su plena consolidación en el régimen
institucional costarricense, la Defensoría de los Habitantes inicia una nueva
etapa de trabajo en la que adquiere el compromiso de profundizar las acciones de
protección y promoción de los derechos e intereses de los habitantes.
Se trata de aprovechar la experiencia adquirida y evolucionar hacia
nuevas perspectivas de abordaje que, ubicadas en el momento específico en que
nos corresponde asumir, aseguren el cumplimiento de las funciones y fines que la
Ley le asigna a la institución.”[1]
Desde ese momento
planteamos que una Defensoría eficiente tendría que caracterizarse por su
capacidad para reconocer el momento histórico y responder a sus exigencias. A la vez señalamos que el primer paso en ese sentido
consistía en aprovechar la flexibilidad y dinamismo que caracterizan a este
tipo de instituciones para interpretar, a la luz de la realidad, el papel que
habría de desempeñar la Defensoría en ese contexto particular. Al final de la gestión puede afirmarse que la definición
que resultó de dicho proceso se constituyó en guía para las decisiones y
actuaciones de la institución durante esta etapa de trabajo.
Y es que al prepararnos para
asumir esta responsabilidad pudimos detectar que los retos que enfrentaba el país
para 1997 señalaban un camino que debía orientar la dinámica de la institución
para este período.
No fue casualidad que el
apartado del Informe del Estado de la Nación que analizó el tema de la equidad
y la integración social para 1997 señalara entre otras cosas lo siguiente:
“El mayor desafío para el país es conciliar los procesos de
modernización económica con la ampliación de oportunidades para todos los
sectores de la población, de modo tal que los beneficios del desarrollo se
distribuyan de una manera más equitativa.
En esta dirección, cuatro aspectos aparecen como insoslayables:
a) hacer sostenible la inversión social pública y privada; b) mejorar
la calidad de los servicios sociales, incorporando a la ciudadanía como garante
de la excelencia de esos servicios; c) atender las necesidades de los sectores
sociales y áreas geográficas más rezagadas; y d) aumentar la cobertura del
RIVM (Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte), en particular en el sector
campesino del país.
En términos de la dinámica de los sectores sociales, las tareas
asociadas a las reformas de la educación y la salud parecen destinadas a
mantenerse en agenda. Ello da base para la adopción de políticas de Estado
en estos importantes frentes del desarrollo social.”[2]
En el mismo sentido, dicho
informe advertía que “los procesos de
crecimiento económico sin equidad y participación social pueden conducir a la
profundización de mecanismos de polarización y exclusión social” y que
el futuro de las generaciones imbuidas en este contexto dependería de las
posibilidades de éxito de procesos tales como “la
recalificación de recursos humanos, mejora en la calidad de los servicios
sociales, acciones compensatorias con sentido promocional y fortalecimiento de
las redes de protección social a escala familiar, comunal y societal”.[3]
Por su parte, las encuestas de
opinión del momento llamaban la atención sobre percepciones de los habitantes
acerca de la vigencia del sistema político y el deterioro en los valores.
Así, por ejemplo, un sondeo realizado por IDESPO en 1995 señaló que "un
92% de los entrevistados considera que hubo cambios en los valores morales.
Los valores percibidos como principalmente sujetos al cambio refieren al
respeto (a las personas mayores, a los padres, a la vida, a uno mismo) y a otros
valores asociados como la responsabilidad, la educación, la cortesía; también
se mencionan la fe, la espiritualidad, la religión, las bases familiares, la
identidad cultural, los principios morales y en un tercer nivel se alude a la
honradez, la honestidad, las relaciones humanas y la falta de comunicación"[4].
En el campo político un 94%
de las personas indicaron que la democracia es el mejor sistema de gobierno (UNIMER,
1996) pero manifestaron su preocupación por el deterioro.
En 1997 el 77,4% de las personas que participaron en un estudio similar (UNIMER,
1997) consideraron que la corrupción era la causa de la mayoría de los
problemas que afectaban al país, y los resultados de la encuesta consolidada de
opinión pública centroamericana denominada “Barómetro Centroamericano
1997”, señalaron que el 85,7% de la población consideraba que había más
corrupción que hace diez años.[5]
Asimismo, al evaluar estos y
otros resultados se señaló en el Informe Anual 1997 lo siguiente:
"En un contexto ideológico de fuerte predominio de los valores de
libre mercado, parece contradictorio el apoyo del 78% de la población -que se
incrementa según el nivel educativo de los encuestados- al fortalecimiento de
la justicia social como tarea de mayor importancia para el país en los próximos
años. Del mismo modo llama la atención la cifra del 82% que
favorece con su opción el apoyo a los programas sociales, como es el caso de
salud y vivienda, mientras qun 74% opina que los gobiernos deben reducir las
diferencias entre quienes tienen altos y quienes tienen bajos ingresos y un 61%
está de acuerdo en abandonar la reforma del sector público si esta afecta
negativamente a los sectores más humildes."[6]
Tomando en consideración
todos estos elementos de la realidad, y con el fin de orientar adecuadamente el
abordaje integral de los principales aspectos que afectaban los derechos de la
población, al inicio de la gestión definimos tres ejes de trabajo, tres
perspectivas de acción cuyo contenido habría de permear las actividades de
protección y promoción de la Defensoría.
La primera
prioridad estuvo definida por la necesidad de contribuir a la construcción
de una sociedad más solidaria “en la
que el aislamiento, el egoísmo y la indiferencia den paso a una cultura más
humana, aquella que piensa en el nosotros, que está de acuerdo con la
oportunidad compartida y que se interesa por el destino de los demás.
Se trata, en alguna medida, de rescatar la solidaridad como el centro de
la reserva moral del costarricense con el fin de velar en forma solidaria, por
el desarrollo armónico y el progreso de la sociedad”[7].
Este eje de trabajo llevó a
que la Defensoría incursionara en diversos temas vinculados a la vigencia del
principio de solidaridad nacional contenido en el artículo 74 de la Constitución
Política.
Así, por ejemplo, las
acciones adoptadas por la institución en defensa del derecho a la salud y del
sistema de seguridad social respondieron, precisamente, a la necesidad de
garantizar que los criterios de solidaridad social que lo fundamentan encuentren
respaldo en medidas que incidan verdaderamente en los indicadores de calidad de
vida de la población. Los
resultados de las investigaciones realizadas señalaron, incluso, la necesidad
de adoptar medidas extraordinarias como las que se recomendaron en su
oportunidad a la Asamblea Legislativa para evaluar el trabajo que realiza la
Caja Costarricense de Seguro Social.
Por su parte, la necesidad de
fortalecer la educación pública como una de las conquistas sociales más
importantes del país y garantizar el derecho de los niños, niñas y
adolescentes a una educación gratuita, obligatoria y costeada por el Estado
llevó a tomar acciones tendientes a asegurar que el Estado cumpliera con el
porcentaje que la Constitución le obliga a destinar para el financiamiento de
la educación.
La defensa de los derechos de
las personas adultas mayores constituye otro ámbito de la realidad que demandó
una actuación solidaria y participativa de personas e instituciones con el fin
de potenciar la coordinación intersectorial e interinstitucional en la atención
de las necesidades particulares de esta población en materia de salud,
alimentación, vivienda, seguridad de ingreso, educación y familia, entre
otros. La intervención de la
Defensoría en esta materia se enfocó, fundamentalmente, a los temas de la
ausencia de respuesta estatal a las diversas formas de maltrato, el
funcionamiento y regulación de los establecimientos de los hogares, albergues y
centros diurnos; el régimen no contributivo de pensiones y el desarrollo de
actividades de promoción y divulgación, entre otros.
Las acciones emprendidas para
derribar las barreras arquitectónicas y mentales que afectan los derechos de
las personas con discapacidad se insertaron también entre las acciones que se
desplegaron con el fin de contribuir a la construcción de una sociedad más
solidaria.
Ese mismo fin se persiguió
cada vez que hicimos llamados para detener la violencia en contra de las mujeres
como signo inequívoco de una de las manifestaciones más crueles y reprochables
del deterioro de la convivencia humana, cuando convocamos a empresarios, medios
de comunicación y sociedad civil para detener la programación televisiva
violenta y cuando instamos a cerrar filas alrededor de la protección del
ambiente y la conservación de los recursos naturales.
También alzamos la voz para
señalar el tema del “trato ciudadano”, como uno que desnudaba sin ambages
otro aspecto de la realidad que amenaza con destruir los fundamentos del régimen
democrático y el principio de solidaridad.
Se señaló que el concepto de trato ciudadano alude a la necesidad de
que el sistema institucional reconozca de manera efectiva su compromiso de hacer
valer los derechos de todos los habitantes como parte del ejercicio cotidiano de
la democracia. Falta de respuesta, agresividad, desgano, ineficiencia,
arbitrariedad, abuso de autoridad, tratos desiguales, represalias y discriminación;
son algunas de las conductas de maltrato ciudadano que más comúnmente denunció
la población.
Fueron señaladas como
situaciones que se reproducen en los más diversos temas, en relación con la
generalidad de los grupos sociales y desde todos los ámbitos institucionales.
Se denunciaron como un trastorno que vulnera la credibilidad en el régimen
institucional, lesiona el principio de solidaridad social y los derechos
fundamentales de la población.
La segunda
prioridad que planteamos como eje de trabajo fue la necesidad de desarrollar
una estrategia integral para combatir la corrupción y la falta de transparencia
en el ejercicio de la función pública, fenómeno que definitivamente incide en
los derechos e intereses de la población además de afectar el funcionamiento
de los servicios públicos y del régimen institucional en general.
Al asumir esta responsabilidad
se consideró que la Ley de la Defensoría de los Habitantes establece como una
de sus funciones velar porque el
funcionamiento del sector público no sólo se ajuste al Derecho Positivo, sino
también, a la moral y la justicia. Para ello definimos que la ética en el
ejercicio de la función pública debía entenderse como el conjunto de
principios derivados de las disposiciones que regulan el funcionamiento del
Estado y que establecen las normas de conducta inherentes a los deberes y
responsabilidades de quienes ejercen la función pública. Se trata, en ese
sentido, de tutelar el derecho que tienen todos los habitantes
de exigir una actuación racional, proba
y consecuente de parte de las autoridades públicas.
La misma Sala Constitucional
ha reconocido la existencia de un derecho fundamental a la legalidad -entendida
en sentido amplio- que implica la obligación de las autoridades públicas de
ajustar sus actuaciones a lo establecido por las normas y principios
constitucionales, los convenios y tratados internacionales, la ley, los
reglamentos y decretos y los principios generales del Derecho -entre los que están
incluidos los de la moral en el ejercicio de la función pública-.
Desde esa perspectiva puede afirmarse que cualquier acto de corrupción
constituye una violación a los derechos de los habitantes.
Una conclusión similar se
obtiene al analizar los efectos de la corrupción sobre el concepto de
"intereses" que desarrolla en el Reglamento Ejecutivo de la Ley de la
Defensoría de los Habitantes. Según
dicha normativa, por intereses puede entenderse "el conjunto de las expectativas orientadas a la preservación de la
legalidad y la justicia y al resguardo del patrimonio social e individual frente
a las acciones u omisiones de la actividad administrativa del sector público."
Al manifestarse la corrupción como un fenómeno que afecta el adecuado
funcionamiento de la Administración en perjuicio -las más de las veces- de los
fondos del Estado, debe entenderse como una afectación a las expectativas que
tienen los habitantes respecto al funcionamiento del régimen institucional.
Al tener los actos de corrupción
una incidencia directa sobre la calidad y la eficiencia con que se prestan los
servicios públicos debía delinearse una estrategia de la Defensoría con
acciones preventivas y correctivas que garantizaran un abordaje integral del
problema.
Por ello, en su oportunidad
planteamos que el compromiso que asumíamos buscaba “romper
con los criterios tradicionales que sostenían la existencia de una brecha
insalvable entre ética y legalidad para adoptar parámetros de control que
hagan exigibles este tipo de conductas.
Tal visión deberá complementarse, además, con otras medidas de
prevención que involucren la participación activa de los habitantes y el
desarrollo de una cultura de rendición de cuentas entre los funcionarios públicos
y los responsables políticos de las instituciones”[8].
Al abordar estos temas, la
institución llamó la atención en relación con la dificultad del sistema político
y de sus instituciones para relacionarse con la sociedad civil y articular sus
demandas lo cual aludía a la necesidad de replantear las relaciones existentes
entre las instituciones del sector público y los habitantes. Se trataba de establecer nuevas reglas y formas de
relación teniendo presente la necesidad de facilitar la participación de los
habitantes además de incorporar criterios para evaluar la calidad y eficacia de
los servicios públicos.
También
se insistió en que el asunto de la gobernabilidad era más que un problema de
poder o de ejercicio administrativo de la función pública pues se refería
también a las condiciones necesarias para ejercer el poder con eficacia,
legitimidad y respaldo ciudadano.
Dijimos
también que para lograr una modificación en la cultura del poder resultaba
necesario nivelar los términos de la relación. Sostuvimos que alguna distorsión en la interpretación
de las normas y principios que rigen nuestro sistema había derivado en una
percepción inadecuada sobre el ejercicio del poder que favorecía los actos de
corrupción. De un lado los
órganos públicos habían asumido una actitud de suficiencia en la que la
participación de los administrados pasó a ser residual en tanto, de otro, los
habitantes se sentían disminuidos al verse en la necesidad de entrar en
contacto con los esquemas tradicionales de la Administración Pública.
Se propuso, en ese sentido,
que las instituciones se construyeran para mantenerse en constante relación con
su entorno y sometidas permanentemente al control ciudadano.
Es decir, que sus funciones y los servicios que prestan respondan
directamente a las necesidades de la comunidad y que puedan adaptarse a lo largo
del tiempo a las demandas y valores de la sociedad.
También señalamos que uno de los instrumentos que contribuirían
decididamente en este proceso y a prevenir la corrupción sería el desarrollo
de una cultura de rendición de cuentas que funcione en una doble dimensión:
la de las autoridades públicas y la de la sociedad civil.
Junto a esta propuesta, y
siempre con el fin de prevenir la corrupción, la institución planteó que la
transparencia en el ejercicio de la función pública resultaba ser una premisa
esencial para el buen funcionamiento de los poderes públicos. De ahí que el examen constante de ese proceder
constituía un elemento esencial para la legitimidad del sistema, razón por la
que la Defensoría decidió incursionar en este campo. Se trata de un principio fundamental de actuación
de los órganos públicos basado en tres componentes fundamentales, a saber, el
respeto a la legalidad, la garantía de acceso a información fehaciente y en
condiciones de igualdad para los habitantes y la sujeción a los mecanismos de
control de la Administración. En
síntesis, la transparencia en el ejercicio de la función pública exige una
actitud responsable en el cumplimiento de los deberes legales y el respeto a los
mecanismos previstos para garantizar los derechos e intereses de los habitantes,
además de un compromiso inclaudicable con la participación de la población en
los procesos de toma de decisiones y formulación de políticas públicas.
Entre algunas acciones
concretas vinculadas a este eje de trabajo pueden mencionarse las adoptadas para
lograr transparencia y eficiencia en el trabajo de la Dirección Nacional de
Pensiones, las recomendaciones dirigidas a la Corte Suprema de Justicia para
evitar la prescripción en algunos procesos vinculados al caso del Banco Anglo y
la Dirección General de Aviación Civil, los señalamientos vinculados a la
transferencia de recursos de CONAVI derivados del impuesto del 15% sobre los
combustibles para arreglo de carreteras y el incumplimiento del traslado de
recursos con destinos específicos como el caso de la ley que gravó las
cervezas, licores y cigarrillos.
Especial mención merecen,
asimismo, los esfuerzos para lograr la publicidad de la lista de créditos de
difícil o imposible recuperación del Banco Anglo Costarricense, al igual que
la lista de morosos de la Caja Costarricense de Seguro Social lo cual no solo
significó una garantía de transparencia para que los usuarios conozcan sobre
el manejo de recursos en sus instituciones sino que en el caso concreto incidió
para incrementar la eficiencia en el cobro de las cuentas pendientes.
Además, los esfuerzos por
lograr mayor transparencia en la gestión de la Corte Suprema de Justicia
contribuyeron a la adopción de medidas tendientes a acercar el servicio de
administración de justicia al usuario.
La lucha contra los
privilegios en el ejercicio de la función pública, por su parte, obtuvo
resultados importantes al declararse con lugar una acción de
inconstitucionalidad planteada contra algunos privilegios desproporcionados e
irrazonables contenidos en la Convención Colectiva de RECOPE.
Con esta acción se pretendía el establecimiento de parámetros que
limitaran el abuso en la utilización de fondos públicos.
En la misma línea se planteó otra acción que pretende la
inconstitucionalidad de un reglamento que otorgó privilegios de perfil similar
para el nivel gerencial de RECOPE. De
igual manera, se solicitó la inconstitucionalidad del artículo de la Ley Orgánica
del Poder Judicial que establece como fuente de financiamiento del régimen de
pensiones de ese Poder, los intereses que generen los depósitos judiciales de
juicios abandonados. De esta
forma se buscó enfrentar uno de los aspectos que se considera ha incidido
gravemente en la pérdida de credibilidad del régimen institucional.
Como tercer eje de trabajo se planteó la necesidad de concebir la
prestación de los servicios públicos como un medio para la protección de los
derechos fundamentales de los habitantes.
Ello justificaba la necesidad de tutelar su carácter universal, su
continuidad, su eficiencia, su calidad, la aplicación de tarifas razonables y
la participación de los usuarios en la definición de sus condiciones.
Debe considerarse, además,
que el derecho a los servicios públicos tiene como contraparte la obligación
del Estado a proporcionarlos bajo las condiciones requeridas para satisfacer las
necesidades de la población. Una
concepción de este tipo permite un abordaje distinto de los problemas que se
derivan del funcionamiento de los servicios salud, educación, seguridad y
administración de justicia, entre otros, y con ello una mejor tutela de los
derechos e intereses económicos de los habitantes[9].
La
identificación del individuo con tales derechos (de los consumidores y los
usuarios) conlleva a su vez, al reconocimiento de los otros individuos que
comparten con él esa misma condición
y con ello al fomento de distintas formas de organización que permitan difundir
los derechos, instar el desarrollo de instrumentos para hacerlos efectivos, y
participar activamente en la formulación de políticas que los beneficien. El
derecho a los servicios públicos continua en un proceso de fortalecimiento y
consolidación, el cual requiere del concurso de todos.
Con tal propósito hemos observado
el surgimiento de diversas respuestas institucionales, tales como la creación
de las Contralorías de Servicio, la ARESEP, y la misma Defensoría que se erige
como un mecanismo de promoción de los derechos y de facilitación de la
participación ciudadana.
En
el marco de estos esfuerzos positivos, el papel de la Defensoría en la promoción
y divulgación de los derechos de los consumidores y usuarios adquiere singular
relevancia. Ello por cuanto el
desarrollo acelerado de las Nuevas Tecnologías de la Información y la
Comunicación (NTIC) genera flujos de información acerca de bienes y servicios
que circulan alrededor del mundo a altas velocidades. Los consumidores que reciben estos flujos están en una
posición cada vez más fortalecida para la exigencia de una prestación de
bienes y servicios que respondan a los criterios de eficiencia y calidad,
particularmente cuando éstos provengan del sector público.
Es
posible notar que estos esfuerzos positivos son una más de las características
de la época en la que estamos viviendo.
Puede afirmarse que en el contexto de la globalización y los desafíos
que le son propios, un cambio cultural ha estado –y está- tomando lugar.
La población como tal, está tomando conciencia de que la administración
pública no puede continuar siendo la única en el diseño de las
políticas industriales, comerciales o de trabajo, como solía ser hace
algún tiempo.
Por
ello uno de los desafíos a los que se ha enfrentado la Defensoría tiene que
ver con la posición a adoptar en el tema de la defensa de los derechos económicos.
Con la convicción de que los
derechos económicos deben dejar de ser simples postulados programáticos para
convertirse en realidades exigibles y justiciables de conformidad con lo que al
respecto señala el Protocolo Adicional a la Convención Americana en Materia de
Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Protocolo de San Salvador), la
Defensoría orientó parte importante de sus esfuerzos a la tutela, protección
y promoción de este importante segmento de los derechos fundamentales de la
población.
Por ello, en el marco de un
sistema político, económico y social que enfrenta los retos derivados del
proceso de globalización y de la necesidad de encontrar soluciones a los
problemas que afectan las finanzas del Estado, la Defensoría optó por
incorporar una perspectiva de análisis especializada para la atención de los
derechos económicos y sociales de la población.
Ello dio lugar a la creación de la Dirección de Asuntos Económicos, la
cual ha atendido temas tan importantes como la fijación de las tarifas de los
servicios públicos regulados por ARESEP; la calidad en la prestación de
servicios municipales, de empresas públicas y de transporte; la administración
y destino de tributos con destino específico; el seguimiento a las acciones
emprendidas por el MEIC en relación con los precios de productos de primera
necesidad, la supervisión de los mecanismos de defensa del consumidor de
defensa del consumidor y el estudio de diversas iniciativas de ley relacionadas
con la materia.
Cabe indicar que esta
perspectiva de análisis permeó de manera transversal el estudio de los demás
temas de trabajo que conocieron las Areas de Defensa de la institución durante
estos cuatro años. El punto
de partida para hacerlo fue la firme convicción de que sin la vigencia de los
derechos económicos no es posible garantizar la efectividad y tutela de los
derechos políticos, sociales y culturales.
A lo largo de estos cuatro años
se trabajó con determinación para orientar la labor de la Defensoría hacia el
desarrollo de estos tres ejes de trabajo, los cuales se han combinado para
impregnar todas y cada una de las acciones de defensa y promoción ejecutadas
por la institución. Los
resultados alcanzados en ambos campos y en cada uno de los temas abordados y de
los que rendimos cuentas en este Informe de cierre de gestión requirieron,
asimismo, del cumplimiento de los compromisos que asumimos desde el inicio de la
gestión.
En el ámbito de la protección
de los derechos e intereses de los habitantes, se asumieron compromisos
importantes que sirvieron para delinear los mecanismos de actuación.
El punto de partida para este trabajo consistió en visualizar el papel
de la Defensoría como un órgano de control encargado de proteger los derechos
e intereses de los habitantes frente a las violaciones provocadas por las
acciones u omisiones de la Administración Pública.
Precisamente al inicio de la
gestión se planteó de la siguiente manera nuestra percepción sobre la forma
de ejercer este control:
“Al acometer tal responsabilidad,
la Defensoría de los Habitantes estará preparada para escuchar a los
habitantes y percibir sus necesidades, anhelos y esperanzas. Asimismo, al proteger sus derechos frente al sector público,
procurará siempre el equilibrio necesario entre la búsqueda del consenso y la
denuncia, entre la negociación y el enfrentamiento. Se trata, al fin de cuentas, de agotar en lo posible
las vías del diálogo sin renunciar nunca a la firmeza que exige la defensa de
los derechos e intereses de los habitantes.
La combinación juiciosa entre la búsqueda
de ese equilibrio en su relación con el Estado y las nuevas perspectivas de
abordaje que pretende desarrollar garantizará, en gran medida el resultado de
las acciones que se emprendan. Esa eficacia en la satisfacción de expectativas,
influirá sensiblemente en mantener o, incluso, aumentar la credibilidad de los
habitantes en la Defensoría y su consolidación en el régimen institucional
costarricense.”[10]
Esta definición sobre la
forma de ejercer el control que le asigna la ley estuvo acompañada de un
compromiso por mantener inclaudicablemente la independencia de criterio en el
ejercicio de la función, la cual se constituyó en una condición sine qua para
mantener la confianza de los habitantes.
Mención aparte merece la
especial relación que se logró establecer con los medios de comunicación
colectiva, aliados naturales del ejercicio responsable de una magistratura de
influencia. La constitución
de esta alianza no fue del todo fácil.
Había que ganar su confianza y lo hicimos a través de una actitud
transparente y responsable que servía de respaldo a todas las actuaciones de la
institución. Con ellos se trabajó conjuntamente para denunciar y para
convocar. Gracias a ellos,
los habitantes pudieron conocer a fondo y someter a escrutinio el trabajo de la
Defensoría. Con su
participación -la de los medios- se alcanzaron metas importantes y concluimos
con éxito investigaciones esenciales para la población.
Con la convicción de que el
control es un elemento que contribuye a legitimar el ejercicio del poder y
aporta al fortalecimiento del régimen democrático, la Defensoría lanzó voces
de alerta en relación con diversos temas de interés nacional que afectaron los
derechos e intereses de la población.
Sin pretender sustituir bajo ninguna circunstancia a la administración
activa, la intervención de la Defensoría buscó en todo momento que las
instancias responsables de la formulación, ejecución y evaluación de políticas
públicas comprendieran la urgencia de atender con prontitud estos problemas.
Los señalamientos realizados involucraron a todas las instancias del
sector público, del gobierno nacional y local.
La Defensoría sostuvo que la
situación vivida durante este período recogía las demandas de una sociedad
que reclama un sistema político capaz de renovarse, más comprometido con el
bienestar de sus habitantes, responsable en su gestión de administrador de los
bienes públicos y de representante de los intereses de la población nacional.
Se señaló que el Estado costarricense, desde sus diferentes
instituciones está en deuda con la ciudadanía:
debe mecanismos efectivos de participación en la toma de decisiones,
debe transparencia y ejercicio responsable de la gestión pública, debe
eficiencia y eficacia de las políticas de bienestar que se requieren para
satisfacer una nación comprometida históricamente con la paz social, el
respeto de los Derechos Humanos y el interés común.
Pero la ciudadanía también también es responsable y está en deuda
consigo misma: el cansancio, la
indignación y el desencanto, justificado o no, no pueden ser freno para un
reencuentro democrático que es responsabilidad de todos.
De suma importancia fue,
asimismo, el papel de mediación, conciliación, acompañamiento o facilitación
que tuvo que jugar la Defensoría en diversas coyunturas que se presentaron.
En el primer Informe
presentado se señaló que la Defensoría aspiraba a “servir
como punto de contacto entre personas de diferentes realidades, de sitio de
encuentro entre iniciativas de distinto origen, de lugar para la colaboración y
el compromiso con los otros, de territorio para la confianza mutua y la
esperanza compartida”[11].
Bajo esa premisa hemos
atendido diversas coyunturas con la firme convicción de que el diálogo es
siempre la mejor alternativa y que el diálogo fecundo exige confrontación de
ideas y se alimenta de la discrepancia.
Que quienes concurran a él deben comprender que no puede haber acuerdos
si como condición previa se aspira únicamente al consenso. Que los esfuerzos se deben orientar al acercamiento de
posiciones, a la búsqueda de puntos de encuentro e intereses compartidos, y a
la generación de nuevas alternativas.
Que una democracia sin discrepancias es una negación de su misma
esencia. Que la armonía política
y la integración social se fundamentan precisamente en ser diferentes y en
tener la sabiduría para transitar por el mismo sendero.
Teniendo esto en mente, la
Defensoría tuvo que asumir ese papel para tender puentes en diversas coyunturas
que así lo requerían. Basta
con mencionar la función que cumplió en la Comisión de Verificación del
Proceso de Concertación Nacional, en la Comisión Facilitadora para un Diálogo
Nacional que se conformó en torno a la discusión sobre los proyectos de
reforma del ICE, en la Comisión Mixta de Rescate del Area Metropolitana y en la
convocatoria al foro para detener la programación televisiva violenta.
En el campo
de la promoción y divulgación de los derechos de los habitantes la Defensoría
ha desplegado importantes esfuerzos para asegurar que esta función sea asumida
con la misma importancia que se le asigna a las acciones de defensa que realiza.
El punto de partida fue la convicción de que el mejor defensor de sus
derechos es el habitante mismo. Se plantearon como objetivos de esta función
educar, divulgar los derechos humanos entre la población, facilitar y promover
espacios de participación ciudadana, propiciar espacios autogestionarios para
la protección y defensa de los derechos humanos, facilitar la interacción
entre los habitantes y las instituciones públicas, fortalecer espacios de
consolidación para la democracia participativa y ampliar los espacios de
interacción en los procesos de formulación de políticas públicas y toma de
decisiones.
En materia
de recursos siempre nos aseguramos de que la administración del presupuesto de
la Defensoría siguiera los criterios de racionalidad, transparencia, austeridad
y eficiencia que deben regir la gestión de fondos que pertenecen a todos los
costarricenses. Con ese
objetivo procuramos maximizar la utilización de los recursos, tanto de aquellos
asignados a través del presupuesto ordinario de la República como de los que
se recibieron producto de los programas de cooperación internacional.
Tal proceder contribuyó, a su vez, para que fuera posible ahorrar los
fondos que se están destinando a la construcción del edificio de la Defensoría
de los Habitantes, inmueble que esperamos entregar antes del final de la
presente gestión.
Por su
parte, los resultados del esfuerzo por garantizar la transparencia en esta
materia quedaron debidamente plasmados en los resultados de la Auditoría que
solicitamos a la Contraloría General de la República en 1999 y en el Informe
de Auditoría Externa que se contrató al final de este período para entregar
en forma clara, ordenada e informada el patrimonio de la institución.
Hacemos
entrega de este Informe con la certeza de haber empeñado nuestro mejor esfuerzo
en el cumplimiento de los compromisos adquiridos y con la humildad para
reconocer que es mucho lo que queda pendiente.
Tenemos, eso sí, la absoluta convicción de que el camino emprendido no
tiene marcha atrás.
"Sepamos ser
libres, no siervos menguados,
derechos sagrados la
patria nos da".
Himno al 15 de setiembre
Sandra Piszk
Max Alberto Esquivel Faerron
Defensora de los Habitantes
Defensor Adjunto de los Habitantes
[1] Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p. v.
[2] Proyecto Estado de la Nación, Estado de la Nación en Desarrollo Humano Sostenible N° 4, San José, 1998, p. 89 y 90.
[3] Ibid., p. 89.
[4] Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p. 4
[5] Véase Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p.10
[6] Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p. 8
[7] Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p. vii.
[8]
Ibid., p.viii.
[9] Ibid., p. viii.
[10] Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p. vi.
[11] Defensoría de los Habitantes de la República, Informe de Labores 1997, p. 9.